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Mensaje de la Directora General de la UNESCO con motivo del Día Internacional de la Paz

Irina Bokova
Irina Bokova

21 de septiembre de 2010
Sra. Irina Bokova, Directora General de la UNESCO

Cada año, el 21 de septiembre, se celebra en todo el mundo el Día Internacional de la Paz. Establecido como una jornada anual consagrada a la no violencia y el cese al fuego por la Asamblea General de las Naciones Unidas a tenor de la Resolución 36/67, esta efeméride brinda a las personas, organizaciones y naciones la oportunidad de comprometerse o participar en actividades encaminadas a construir una cultura de paz.

Este Día Internacional reviste especial significado para una Organización que tiene por cometido erigir los baluartes de la paz en la mente de los hombres y las mujeres. Su celebración coincide este año con la conclusión del Decenio Internacional de una Cultura de Paz y No Violencia para los Niños del Mundo (2001-2010), con el Año Internacional de Acercamiento de las Culturas (2010) y el Año Internacional de la Juventud: diálogo y comprensión mutua (2010), que se refuerzan mutuamente.

La paz y la seguridad están estrechamente vinculadas a la preservación de las libertades fundamentales. Las sociedades no pueden disfrutar de seguridad mientras más de mil millones de personas viven en la pobreza extrema, cuando seres humanos carecen de acceso a la educación, servicios sanitarios y nutrición adecuada, y cuando las mujeres no disfrutan de los mismos derechos que los hombres. Por eso los Objetivos de Desarrollo del Milenio constituyen un conjunto mínimo básico para garantizar la dignidad humana y lograr que nuestras sociedades sean más pacíficas.

Pero la índole de la paz también está cambiando en un mundo que se caracteriza por su rápida integración. Con harta frecuencia, las nuevas tensiones que surgen encuentran su expresión en los prejuicios y las fracturas entre las distintas culturas y creencias. Si bien las culturas y religiones no son en sí mismas las causas de las guerras o conflictos, se han utilizado a menudo como pretexto para atizar la confrontación. La ignorancia es casi siempre el origen de la intolerancia, el odio y, en última instancia, el conflicto y la guerra. En muchos casos, el conflicto se desata cuando el diálogo flaquea o se rompe, y de modo análogo puede atenuarse o prevenirse mediante el diálogo.

Forjar una cultura de paz exige esfuerzos en todos los ámbitos con el fin de promover el entendimiento entre las culturas y las religiones. Este es el cometido primordial del Grupo de Alto Nivel sobre la paz y el diálogo entre las culturas, creado este año bajo mi dirección. Al congregar a intelectuales, artistas, personalidades religiosas y políticas, está estimulando el debate sobre los medios de fomentar el entendimiento y replantear la paz. El Año Internacional de Acercamiento de las Culturas ha suscitado a su vez una amplia gama de proyectos creativos que ponen de manifiesto el poder de la diversidad cultural y el diálogo como vectores de paz.

Una cultura de paz debe sostenerse en valores compartidos. No existe mejor lugar para promover el diálogo, el respeto y el entendimiento mutuo que los sistemas educativos inclusivos. Creo firmemente que la educación es la clave para fomentar sociedades pacíficas, no violentas y equitativas.

La paz y el desarrollo no pueden lograrse sin invertir en la igualdad entre hombres y mujeres. La tarea de dotar de autonomía a las niñas y las mujeres es una de las claves para construir sociedades más justas y sostenibles. También debemos velar por que los jóvenes participen plenamente como asociados respetados en los procesos de construcción de la paz y los esfuerzos en pro del desarrollo sostenible.

La cultura de paz incorpora las dimensiones de consolidación de la paz, prevención y resolución de conflictos, educación para la no violencia, tolerancia, respeto mutuo y diálogo. Está estrechamente vinculada al nuevo humanismo que propugna la UNESCO, que sitúa a los seres humanos en el centro de todos los procesos de desarrollo.

Aprovecho esta oportunidad para pedir a los gobiernos, las organizaciones internacionales, la sociedad civil y el sector privado que redoblen sus esfuerzos con miras a salvar mediante el diálogo las brechas culturales y religiosas, a convertir la educación para la paz y la no violencia en un elemento central de todos los programas pedagógicos, a transformar la igualdad hombres y mujeres para que deje de ser un lema y se convierta en realidad cotidiana para las niñas y mujeres de todo el mundo, y a aprovechar las energías de los jóvenes para convertirlos en agentes constructivos de un cambio social pacífico.

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