Embajador Javier Pérez de Cuéllar, ex Secretario General de las Naciones Unidas
Casa de las Naciones Unidas en Lima “Complejo Javier Pérez de Cuéllar”
19 de enero de 2010
Deseo, en primer lugar, expresar mi gratitud al señor Presidente de la República, Doctor Alan García Pérez por su presencia que tanto me honra.
Agradezco las cordiales referencias a mi persona contenidas en el Mensaje del Secretario General de las Naciones Unidas, señor Ban Ki-Moon, mi distinguido sucesor y amigo, amablemente leídas por el señor Antonio Prado, con motivo de la inauguración de la Casa de las Naciones Unidas en el Perú.
Señor Presidente, Señores y Señoras:
Agradezco muy especialmente al señor Ministro de Relaciones Exteriores, mi muy querido y admirado amigo y, antaño, excelente y fiel colaborador, Embajador José Antonio García Belaunde, por organizar y propulsar este brillante acto que tanto excede a mis merecimientos, sí como por sus tan afectuosas palabras, dictadas sin duda por ese nuestro mutuo y cordial afecto. .
Me es grato expresar mi gratitud a mi amigo Jorge Chediek, brillante Coordinador de las Naciones Unidas en el Perú que tanto ha contribuido a esta inmerecida celebración, que lo es también, a mi entender, de los casi 20 años en que me honré en servir al admirable Sistema de las Naciones Unidas, tanto en su sede de Nueva York cuanto en la Organización de la Ciencia y la Cultura en su sede de París.
Agradezco igualmente las generosas palabras de mi antiguo y admirado amigo y notable diplomático, Carlos Alzamora Traverso así como las muy cordiales de mi amigo y doblemente colega Alvaro de Soto, que fuera excepcional funcionario de las Naciones Unidas y mi muy hábil y leal y colaborador.
Amigos todos:
Permítanme, en primer lugar, que interprete esta espléndida ceremonia como un homenaje, no al veterano diplomático que soy, sino, a la más que centenaria diplomacia peruana, de cuyas entrañas procedemos los colegas aquí presentes, distinguidos miembros todos del Servicio Diplomático de la República.
Hace 150 años, el Presidente Ramón Castilla y su Ministro de Relaciones Exteriores, José Gregorio Paz Soldán, al reorganizar la Cancillería peruana y su servicio exterior, constituyeron en nuestro país el indispensable componente de la defensa nacional que es la defensa de nuestros derechos en el ámbito internacional, de acuerdo, por cierto, con esos dos grandes principios que nos gobiernan: la justicia y el derecho.
Estoy seguro que quienes me escuchan, sean o no diplomáticos, coincidirán conmigo en que la Diplomacia es parte de la defensa externa del país y que ella debe ser reconocida y respetada al igual que nuestras prestigiosas Instituciones militares, pues todos somos elementos esenciales de la defensa de nuestra patria.
Amigos todos:
Con la venia de ustedes me empeñaré ahora en el ingrato ejercicio de escucharme hablar sobre mí mismo.
Hace 70 años me embarqué esperanzado, en la célebre nave llamada Torre Tagle…en la cual comencé, lentamente a aprender a navegar Me inicié allí en diplomacia, vale decir en el arte o ciencia de la negociación que consiste en escuchar, comprender, persuadir y prevenir. Aprendí luego, a lo largo de los años, a navegar en diversos mares, a conocer otros puertos, orgulloso de mi bandera y atento siempre a honrarla y defenderla.
Décadas después, corrieron otros vientos y me embarqué en un nave aún mayor, las Naciones Unidas, que estaba destinada a anclar en todos los puertos y a ser el símbolo de paz y fraternidad entre las naciones. Cuando llegué a ser timonel de aquel enorme barco, ni un instante olvidé la antigua y noble nave en la que aprendí a navegar. En mi nuevo barco flameaba una bandera azul, color de cielo y de mar, pero en mi pecho flameaba siempre el color blanco y rojo de la mía, que era mi fiel y constante talismán.
En mis constantes travesías no faltaron caminos auspiciosos ni tampoco peligrosos escollos. El objetivo ambicionado era, repito, la paz, pero no una paz cualquiera, sino una paz con justicia. Hice frente a dificultades geográficas, históricas, étnicas, políticas, humanas. Logré algunas satisfacciones, sufrí algunos desencantos. Deseaba tánto que hubiera armonía y bienestar en todos los rincones del mundo…
Pienso en este momento con enorme tristeza en Haití un ‘pueblo muy noble, hermano del nuestro, que visité más de una vez con el deseo de ayudarlo y que hoy, angustiosamente necesita la solidaridad de todos y cada uno de nosotros.
De vuelta a mi Perú, me desvié ingenuamente hacia lo político en el momento democráticamente menos propicio…. pero había observado en mi recorrido por el mundo tanto progreso y también tanta injusticia, y tanta pobreza, que pensé que algo podía y debía yo hacer por mi patria y afronté sin éxito a mi pueblo en una desafortunada lucha electoral.
Años después, en mi segunda inesperada incursión en la política, tuve la suerte de contribuir, como Primer Ministro, a restablecer en mi país el hasta entonces desechado Estado de Derecho, el cual, felizmente perdura y que, espero, se haya hecho para siempre conciencia en nuestro pueblo.
Pensé luego en ejercer mi otra profesión, la de abogado, pero fui tentado por el gobierno de entonces a retornar a mi entrañable y nunca olvidada diplomacia y acepté,.. hasta aquel día en que comprendí que debía dar lugar a jinetes más briosos…
Aun así, proseguí sirviendo, de manera honorífica a mis permanentes convicciones y pensé que, al colaborar con la UNESCO servía indirectamente a mi país. Me ocupé de la relación entre la cultura y el desarrollo, del respeto a la diversidad cultural de todos los pueblos del planeta y de la protección del patrimonio, material e inmaterial de la humanidad, temas todos muy cercanos al interés de nuestra patria.
Amigos todos:
Siento hoy que es mi deber, dada la largueza que conmigo ha tenido la suerte a lo largo de tantos años y que me ha traído hoy ante ustedes, dar las gracias a todos aquellos que a lo largo de tantos años me ofrecieron, su ayuda, su aliento, su consejo y su honesta divergencia y hasta su reproche…
Frente a todos ustedes que tan cordial y generosamente están hoy convirtiéndome en una suerte de paradigma de no sé qué virtudes. La sola que me reconozco es el patriotismo. Quiero por ello asegurarles que ignoraría mi vejez si la patria me lo demandara… hasta aquel cercano día en que Dios y la naturaleza me ordenen bajar los brazos para siempre.
Muchísimas gracias.